«Las mujeres y las Academias»

Ha costado, pero se ha conseguido abrir una brecha. Con mucho esfuerzo  y ante la incomprensión de propios y extraños, en los años setenta y ochenta algunas mujeres han conseguido terminar sus estudios universitarios. Ha costado, pero en 1884 Rosario de Acuña y Villanueva se convierte en la primera mujer que consigue subir a la tribuna del Ateneo de Madrid para protagonizar un recital poético.

Es un avance, un pequeño avance. Sin embargo, algunos espacios se resisten tenazmente a la presencia femenina. Tal es el caso de la Academia, que a finales de los ochenta hará oídos sordos a las voces que postulan la candidatura de Emilia Pardo Bazán con el mismo entusiasmo con el que, a mediados de siglo, desoyera la llamada de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Comparando ambos procesos podemos encontrar algunas notas diferenciales que muestran indicios del lento caminar de la mujer española fuera del ámbito doméstico. Las pretensiones de doña Gertrudis ocuparon la atención de ciertos cenáculos, alguna tertulia y poco más; la candidatura de doña Emilia, por el contrario, contó también con el auxilio de la prensa, que utiliza el caso de la española de Cuba para abrir el debate sobre los méritos de la española de Galicia. En los años cincuenta se trataba de un hecho excepcional; ahora se habla de que son tres las mujeres que pueden optar al honor académico, puesto que se contempla la posibilidad de que Concepción Arenal ingrese en la de Ciencias Morales y Políticas y la duquesa de Alba en la de Historia. Por último, el objeto del debate se centra desde el principio en la condición de mujer de la candidata y la señora Pardo Bazán no rehúye esa cuestión, sino que la utiliza en los artículos que a modo de cartas dirigidas a la ya fallecida Tula publica por entonces: a) proclama que el rechazo de la candidatura de Gertrudis obedeció a su condición de mujer, no a escasez de méritos; b) repasa las reconocidas cualidades de otras españolas a lo largo de la historia; c) señala que mientras en las redacciones y entre los lectores progresa la idea de que en la Academia deben entrar quienes mayores méritos posean con independencia de su sexo, el número de académicos favorables a la entrada de mujeres ha disminuido en relación a los que debatieron el asunto en los cincuenta; y d) manifiesta que tiene conciencia de su derecho «a no ser excluida de una distinción literaria como mujer». Sin embargo, es, precisamente, su condición de mujer la que se esgrime para impedir su entrada en la Academia: de su valía nadie parece dudar.

Esa es la posición, por ejemplo, del escritor Juan Valera, que en Las mujeres y las Academias. Cuestión social inocente, un folleto publicado en 1891 bajo el seudónimo de Eleuterio Filogyno, intenta justificar su oposición al ingreso de Pardo Bazán argumentando que no es el momento propicio, que no se dan todavía las circunstancias necesarias para que la llegada de las mujeres a las doctas instituciones pueda producirse sin quebranto de su naturaleza. De los méritos no duda: «si de mí dependiese, ya serían las tres que ocasionan este escrito, académicas de dicha clase», lo que dice no ver claro es la oportunidad de aquella decisión: hace falta tiempo, tal vez siglos para que el funcionamiento de las doctas instituciones no se resienta con la llegada de mujeres a sus sillones, pues la diferente naturaleza de hombre y mujer reunidas bajo el techo académico no traería más que múltiples problemas de funcionamiento. A qué forzar las cosas: si la voluntad divina quiso que hombre y mujer fueran diferentes, buena gana hay de sacar a la mujer de sus ocupaciones hogareñas, «santa y hermosa domesticidad». Además, sus pretensiones de ser independiente del hombre y de campar por sus respetos resultan «pecaminosa rebeldía» contra las pretensiones celestiales de «dar al hombre una ayuda semejante a él». En cuanto a que la mujer ocupe puestos reservados durante siglos a los hombres, a qué tanta prisas; que sean Alemania, Francia o Inglaterra las que tomen primero esa iniciativa, «no podríamos nosotros tener ministras, diputadas o académicas, sin gravísimo peligro de caer en ridículo y de atraernos las burlas más crueles». Si hay que tener corporaciones bisexuales por qué empezar por las academias, que tales innovaciones se llevan a cabo antes en los «Ayuntamientos, Diputaciones provinciales, Sociedades Económicas de Amigos del País, Consejos y Cuerpos colegisladores». En suma, cincuenta páginas llenas de ironía, un tanto de sorna y no poco cinismo para concluir categórico que no, que de mujeres en la Academia nada de nada, que «por ahora, y sabe Dios hasta cuando, no tal vez antes de uno o dos milenios, los usos y costumbres […] se oponen a que haya académicas de número». Y quienes animan a las mujeres a plantearse tan vanas ilusiones lo que pretenden es mofarse de la Academia y vejar a los académicos; pretensión semejante «es la más inaudita y descomunal de todas las curserías o el más taimado y malicioso de los planes para atribular a los pobres académicos y para ver si las Academias se hunden».

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Véase   Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato

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Acerca de Macrino Fernandez Riera

Mis investigaciones se han orientado hacia el estudio de la historia de Asturias durante el Periodo Interrepublicano, dedicando una especial atención a la vida y obra de Rosario de Acuña y Villanueva. Publicaciones: La Escuela Neutra Graduada de Gijón (2005), Rosario de Acuña en Asturias (2005), Mujeres de Gijón, 1898-1941 (2006), Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (2009), Deporte y educación física en Asturias. De los inicios a la guerra civil (2010), Rutas y senderos para disfrutar Asturias (en colaboración, 2013), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (2017).
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