Las primeras universitarias españolas

La educación es la máxima prioridad para aquellas mujeres que han alcanzado una mayor conciencia feminista. Sofía Tartilán lo deja escrito en 1877 de forma clara y rotunda en Páginas para la educación popular (1877): «para nosotras la verdadera emancipación consiste en sacudir el ominoso yugo de la ignorancia, que es el que hoy nos hace esclavas del hombre, de la sociedad, de las preocupaciones y del fanatismo». No obstante, las más lúcidas no tardarán en reivindicar no solo una mejor educación para la mujer, sino también las mejoras laborales y sociales a las que aquella da derecho. Ese es el nuevo salto en la concienciación feminista que se produce en los años setenta: ¿por qué una chica no puede realizar estudios de Segunda Enseñanza?; ¿por qué, una vez superados, no puede acceder a la Universidad?; ¿por qué, demostrada su capacidad, no puede optar al doctorado?; ¿por qué, con el mismo título que sus compañeros, no puede ejercer la medicina o la abogacía?… Ahí parece situarse el verdadero problema; no tanto en el hecho de que la mujer adquiera una mayor y mejor educación, sino en las consecuencias que para la tradicional asignación de roles pudiera tener la existencia de mujeres médicas, catedráticas o abogadas. Y la mayoría masculina de la población se resiste a semejante posibilidad utilizando viejos argumentos para ello. Así, por ejemplo, Manuel de la Revilla al comentar la obra de Sofía Tartilán deja ver de forma clara cuáles son sus verdaderos temores: «la mujer no necesita tantos conocimientos como cree la señora Tartilán» (Revista Contemporánea, Madrid, 15-10-1877). ¿Para qué los quiere?; para educar a sus hijos «le basta con tener talento natural, sentido moral y ciertos conocimientos elementales», y a ello se debe limitar la educación que reciba: a fortificar en ella el sentido moral para que pueda adornarse de las cualidades necesarias: «hacerla grave, modesta, amorosa, circunspecta, sensata, trabajadora, digna y honrada; a inspirarla el amor de la casa y de la familia». Solo así podrá desempeñar adecuadamente su importante misión: ser una buena administradora, «una mujer de su casa, una leal compañera de su marido y una amorosa madre». ¿A cuento de qué tantos estudios universitarios? ¿A qué tantos conocimientos? La educación de la mujer debe «formarla para el amor y la maternidad, que son su destino, y para el hogar, que es su trono y su templo». En plan condescendiente, el señor de la Revilla admite que, asegurado lo fundamental, la mujer reciba una formación complementaria: «enséñesela a leer, a escribir, a contar, con algo de geografía y de historia, y ciertas elementales nociones de fisiología, de higiene y de historia natural»; quizás también algo de música, de dibujo o de poesía; pero todo esto es secundario no vaya a ser que se formen mujeres «enteramente inútiles para su verdadero destino».

Ahí está el fondo del debate. Lo que parece preocupar al señor de la Revilla y a muchos de sus congéneres es precisamente eso, que la mujer rompa con «su destino» y vaya ocupando espacios que hasta entonces no le eran propios. Y eso será lo que ocurra a lo largo del último cuarto del siglo. Cada vez serán más, siendo pocas en todo caso las mujeres que se salgan de la norma. Ahí estarán las que, contra viento y marea, a base de tenacidad y coraje consigan seguir el camino emprendido por María Elena Maseras Ribera y obtener en los años setenta y ochenta los primeros títulos universitarios que les permiten doctorarse con todas las de la ley y capacitarse, por tanto, para el ejercicio profesional (Flecha García, Consuelo: Las primeras universitarias en España, 1996) [1].


[1] Gracias al interesante trabajo realizado por Consuelo Flecha podemos conocer a algunas de estas pioneras, una treintena de mujeres que antes de finalizar el diecinueve lograron estudiar en las universidades españolas : María Elena Maseras Ribera (Licenciada en Medicina en 1882), María Dolores Aleu Riera (Medicina, 1882), Martina Castells  Vallespí (Medicina, 1882), Dolores Lleonart Casanovas (Medicina, 1886), María Luisa Domingo García (Medicina, 1886), Manuela Solís Claras (Medicina, 1886), María Concepción Aleixandre Ballester (Medicina, 1889), Matilde Padros Rubio (Filosofía y Letras, 1890), Teresa de Andrés Hernández (Medicina, 1891), Ángela Carrafa de Nava (Filosofía y Letras, 1892), Eloisa Figueroa Martí (Farmacia, 1893), María Dolores Figueroa Martí (Farmacia, 1993), María Asunción Menéndez de Luarca Díaz (Medicina, 1894)…

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El artículo es un fragmento del libro  Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato, que puedes consultar pulsando sobre el título.

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Acerca de Macrino Fernandez Riera

Mis investigaciones se han orientado hacia el estudio de la historia de Asturias durante el Periodo Interrepublicano, dedicando una especial atención a la vida y obra de Rosario de Acuña y Villanueva. Publicaciones: La Escuela Neutra Graduada de Gijón (2005), Rosario de Acuña en Asturias (2005), Mujeres de Gijón, 1898-1941 (2006), Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (2009), Deporte y educación física en Asturias. De los inicios a la guerra civil (2010), Rutas y senderos para disfrutar Asturias (en colaboración, 2013), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (2017).
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