12. La voladura del Maine y el brusco despertar de la Patria

La voladura del acorazado Maine la noche del 11 de febrero de 1898 permitió a los Estados Unidos declarar la guerra a España y atacar sus territorios coloniales. El primero de mayo de 1898 la escuadra española que se encontraba en Filipinas al mando del almirante Montojo sufrió una estrepitosa derrota frente a la norteamericana mandada por G. Dewey. En apenas tres horas, los navíos españoles quedaron fuera de combate merced a la superioridad de la artillería estadounidense. El domingo tres de julio de ese mismo año la flota española que se encontraba en la bahía de Santiago de Cuba al mando del almirante Pascual Cervera, fue contundentemente vencida cuando intentaba salir del bloqueo al que había estado sometida por espacio de varias semanas. El diez de diciembre de 1898, los representantes plenipotenciarios de los Estados Unidos de América y de la Reina Regente de España, en el nombre de Su Augusto Hijo Don Alfonso XIII, firman en París el Tratado que pone fin a la Guerra Hispano-Estadounidense. Las cláusulas del Tratado establecen la renuncia de España a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba, que pasa a ser ocupada por los Estados Unidos, la cesión española de la isla de Puerto Rico y de las demás que están bajo su soberanía en las Islas Occidentales: la isla de Guam, así como las Islas Filipinas.

La pérdida de las colonias supuso para la opinión pública española un brusco despertar del ensimismamiento colectivo en el que la propaganda nacionalista la había sumido en las últimas décadas. Tanto pasado glorioso impreso con letras de molde en los manuales de Historia, tantas gestas de la nación española cien veces interpretadas por los primeros actores, tantos héroes recobrados en óleos y barnices por la mano de los laureados pintores, tan abierto futuro sustentado con la sola inversión de las gestas pasadas… todo se derrumba de pronto y la gloria se convierte en nada… A partir del noventa y ocho, la receta que algunos habían venido prescribiendo desde años atrás se hace moneda común en boca de todos: regeneración, regeneración… ¡regeneración! La cara de la nación puesta ante el espejo no devuelve más imagen que el pesimismo colectivo, razón por la cual, buscando una salida, buscando un futuro,   surgen por doquier viejas y nuevas propuestas para enmendar el camino colectivo.  Algunos lo venían anunciando desde tiempo atrás; desde que entre todos enterraran las ilusiones que se habían abierto durante el Sexenio; desde que Cánovas metiera en cintura la Constitución de 1869; desde que el ejercicio del poder pasó a ser cosa de los dos partidos del turno y todo quedara en manos de unas cuantas familias que tenían repartido el territorio nacional. Ya entonces, al inicio de la Restauración, hubo quienes se apiñaron en torno a la Institución Libre de Enseñanza esperanzados en poder abrir un hueco al futuro entre tanto dogma religioso, político o moral, con el pensamiento puesto en que el progreso no podría llegar a España si no se redoblaban los esfuerzos por mejorar la educación de los españoles. Allí estaban Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Nicolás Salmerón, Augusto González Linares… y tantos otros que apostaron por las nuevas generaciones, mejor formadas, para rectificar el rumbo que llevaba la nación.  Otros optaron por criticar la situación de la patria denunciando con mayor o menor intensidad el caciquismo y demás males del sistema político vigente. Lucas Mallada, por fin, diagnostica el atraso nacional tras comprobar que España se encuentra a la cola de las naciones europeas y anuncia en 1890 desastres por venir en Los males de la patria y la futura revolución española.  Tras el Desastre, son muchos ya los españoles que perciben que el sistema no funciona y, en consecuencia, se muestran proclives a abrazar toda propuesta con sones de regeneración, progreso y modernidad. Es entonces cuando la regeneración patria se convierte en lugar común y todos se apuntan a ella, incluso quienes detentan el poder, que no dudan en utilizar temas y formas regeneracionistas en un intento de desligarse del fracaso finisecular y de rejuvenecer la imagen de la política. Pese a todo, aquel «movimiento», en lo que constituye una más de sus contradicciones, no fue capaz de articular sus propuestas en un programa político con aspiraciones de ser llevado a la práctica, sino que se limita a detectar los males y sembrar utopía entre los españoles, lo cual no es, para nada, desdeñable. Las obras de contenido regeneracionista se suceden: a Los males de la patria siguieron, nueve años después, El problema nacional, de Macías Picavea, Los desastres y la regeneración de España, de Rodríguez Martínez, o, El pesimismo de última hora de Rafael María de Labra; en 1900 se publican Del desastre nacional y sus causas, de Damián Isern y La moral de la derrota, de Luis Morote. No obstante, parece haber coincidencia en situar a la cabeza de los pensadores regeneracionistas a Joaquín Costa, autor de obras emblemáticas como Colectivismo agrario en España (1898), Oligarquía y caciquismo como la forma actual del gobierno en España (1901).

El glorioso pasado nacional que historiadores, literatos y pintores habían (re)construido sobre los pilares de la monarquía y el catolicismo para sustentar el nuevo Estado liberal a satisfacción de la triunfante oligarquía burguesa y de la Iglesia del Nuevo Régimen, no podía mantener por más tiempo la ilusión de los españoles. La nación, construida al albur de los ideales románticos que dieron alas a la ensoñación del pasado, no aguanta el examen al que la someten diversos profesionales (geólogos, juristas, catedráticos…) que han hecho del positivismo su forma natural de acercarse a la realidad. La ilusión romántica se da de bruces a la hora de comparar España con otras naciones: aquel árbol tenía muchas y buenas raíces, mas el tronco que sustentaba su ramaje era muy frágil, y a la primera ventolera quedó medio tambaleante.

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Si te interesa el tema de este artículo,  en el siguiente enlace puedes consultar el libro   Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato

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Acerca de Macrino Fernandez Riera

Mis investigaciones se han orientado hacia el estudio de la historia de Asturias durante el Periodo Interrepublicano, dedicando una especial atención a la vida y obra de Rosario de Acuña y Villanueva. Publicaciones: La Escuela Neutra Graduada de Gijón (2005), Rosario de Acuña en Asturias (2005), Mujeres de Gijón, 1898-1941 (2006), Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (2009), Deporte y educación física en Asturias. De los inicios a la guerra civil (2010), Rutas y senderos para disfrutar Asturias (en colaboración, 2013), ¿Quién fue Rosario de Acuña? (2017).
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